domingo, 3 de agosto de 2008

Me vino una brisa desnuda al rostro y recorrió todos mis sentidos. En su naturaleza sin tapujos descubrí una voz que servía de camino andado al mar, pues imposibilitado para ir más allá de sus orillas, según confesó el breve aliento, acostumbraba conocer lo lejano por sus extensiones: por su olor que va y regresa fundido con el sudor del hombre y el bronceador de aceite de coco; por sus vientos, ya sean mansos o violentos, que azuzan a las ciudades para llevar las voces del hombre dibujadas por la circunstancia del mar en la tierra al mismo oleaje interminable; por su canción en los caracoles , en las orejas del curioso que viene con la ambición de más cantares.
Cuánto dijo aquella caricia que pedí hablar con el mismo océano sin darme cuenta: es mudo. Sin embargo, comprendí cuán inútil le resultaría la voz que puede contener una boca a toda su inmensidad  : habla con el cuerpo, con su movimiento y el color que le disfraza a cada hora.
Conversé con la brisa por largas horas durante las cuales me habló de la respiración del mar. Ahí su vida, el ir y venir de las olas y otros vientos -porque las olas son vientos inquebrantables, inexpugnables-. Pero al igual que los demás mensajeros y su color que había cambiado tantas veces ya para reiterarse inevitablemente, cíclicamente, regresó a él. 
En los minutos siguientes contemplé la humildad del todo: la vastedad del océano convencida por el viento de entregar en cada ola su corona de espuma.