sábado, 6 de septiembre de 2008

Lo natural

Pienso que me hallo inmerso en una especie de bosque en el que las cuatro estaciones se reparten territorios movidos por el azar, donde el norte suele intercambiar otoño por primavera y el invierno se rehusa a echar raíces en el este. Camino por veredas amarillas tornasol cuando miro, a pocos metros de mí, vestigios de una nevada brutal que arrasó con unos cuantos árboles, pero no consiguió congelar el río ahora cubierto de lirios morados. Y la tormenta se mueve rápida hacia el oeste, luego al sur, y yo camino viendo por encima de mi espalda con la idea de que podría volver por detrás y golpearme de sorpresa, arrojarme al suelo, anidar en mí. Entonces llevaría ese temporal a cuestas por un bosque caótico, sin rumbo. En un día en el cual despierto con una brisa fresca en el rostro y cubierto por el rocío que debería estar sobre el pasto en el que yazgo, podría recostarme, ya por la noche, sobre las hojas secas de se desprenden de las ramas con desdén.
Pero el miedo de viajar se hace nimio en comparación con el del temor que me infunde la sola imagen de la estadía. Así la andanza se figura menos ardua. Si remover la tierra con los propios pasos se hace dificultoso, la inmovilidad, el peso de los zapatos, la resistencia cada vez menor de las rodillas y la humedad del pecho...
Debiera salir del bosque, lo más sano sería salir de aquí. Y una música del silencio me llama y las ideas permanecen incoherentes y las aves... las aves no son necesarias. Ellas, libres, viajan por doquier, el bosque es para su condición, más que una residencia, una breve circunstancia.
Ya lo veo diferente: no es caos, sino violencia.