sábado, 14 de febrero de 2009

Una ventana

Una mesa es un lugar muy solitario cuando se está en compañía de una gran ventana que mira hacia el jardín. Esto se vuelve mucho más evidente cuando la mesa está sobre la banqueta y la ventana mira hacia un jardín al que no se puede entrar, además de poseer barrotes de acero que nos lo prohíben. ¿Por qué tener paredes con ventanas fuera de la casa? Esa misma lógica capaz de resolver esta pregunta puede ayudarnos a resolver el enigma de las puertas que no llegan a ningún lado. Uno debe tener siempre un lugar que observar, siempre. Tal vez sea eso, la necesidad de buscar un objeto que obsesione a nuestros ojos. La puerta puede obsesionarnos también. Todo está permitido si la razón lo avala, sino lo avala, estará permitido por cualquier otra institución que la razón no conozca.
Tengo una ventana y una mesa colocadas una frente a la otra justo en el corazón de mi casa. La mesa guarda una distancia prudente con respecto a la ventana para mitigar la sensación de amplitud entre el jardín y yo. Si toda esa amplitud entre dos puntos se puede recorrer sin encontrarse con persona alguna, y peor todavía dentro de la propia casa, la soledad se enfatiza. Entre la ventana y la mesa hay un solo sillón por pura prudencia.
En el jardín crecen rosales, cursis rosales embadurnados con luz o sombra dependiendo de la hora en que decida mirarlos. La sombra me deja imaginar lo que la luz me permite ver para imaginarlo sombreado. El conflicto está delimitado por la ambición, pero confrontado por la realidad aparente. Decidí colocar un reflector sobre el rosal todas las noches de una semana, la siguiente semana pondré un cobertizo.
El cobertizo ha sido un éxito. Pocas cosas convierten la vista en algo inútil. Prefiero la sombra a todas las demás. Las demás están en todas parte. Una de esas partes ha sido mi sala, donde sólo un sillón separa a la mesa de la ventana desde donde se puede ver el jardín. No siempre, pero aquí cupo mucha esperanza.
Esperanza es un término usado sin criterio. Como las puertas que no llegan a ningún lado. Quizás eso es la esperanza: una puerta que no llega a ningún lado pero obsesiona a los ojos y los vuelve inútiles.
Junto a la mesa que está sobre la banqueta desde donde acostumbro mirar el jardín de mi vecino hay una puerta que no da a ningún lado. Algo me hace pensar en un criterio usado para colocar esa puerta específicamente en ese lugar. El corazón de mi casa esta colocado sin criterio. Parece ser una puerta que da a ningún lado.
Mi vecino carece de criterio, lo que exalta su soledad. ¿Qué necesidad hay de poner puertas que no dan a ningún lado y ventanas en una casa sin jardín ni rosales?
Parece que el cobertizo se ha disfrazado de esperanza. Sin embargo, hay un criterio que puede aclarar esto. Lo claro es bueno. No hay nada más claro que el acero para ser claro. La soledad decoró a las ventanas con acero y las puso junto a puertas que no permiten el acceso a ese jardín con luz y sin rosales. Qué claridad hay detrás del acero. Después del acero hay claridad. Sin imaginación, pero con jardín.
Lo olvidé, la mesa tiene sobre sí un par de tazas vacías y varias sillas alrededor. Qué soledad tan concurrida y esperanzada.
Por la ventana asoma mi vecino. Lo invito a tomar asiento a mi lado, pero coloca, a manera de rechazo cortés, su propia mesa con sus propias sillas y señala la puerta. Qué descaro.
Con la misma soledad nos servimos a veces té, en otras ocasiones un poco de café, para mirarnos sin rencor. El rencor nos lo brinda la compañía mutua, cuando la tenemos. Siempre nos acompañamos al mismo tiempo, claro. Eso propicia el rencor siempre al mismo tiempo.
Un día vino hasta su ventana y simuló tener flores, pero terminó regando su sillón. Reí mucho, pero me acordé de otro día en el que quise tocar la puerta de mi casa desde adentro para simular visitas.
Es probable que el enigma de las puertas que dan a ningún lado sea imposible de resolver. El corazón de mi casa queda igual, pero todavía tiene ventana. Claro como el acero, claro.

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