lunes, 29 de noviembre de 2010

Seguirás huyendo

Eduqué mi pluma bajo la creencia de que la mayoría de cuentistas que se hacen llamar así tienen la costumbre de aventurarse a emitir juicios o defender posturas, dentro de sus escritos, sin conocer los temas de los que hablan, con la tranquilidad de saber que pueden llamar “literatura” fantástica su trabajo y, por si esto no bastara, suelen redimensionar estratos de la realidad con la finalidad de que sus argumentos sean sustentables dentro de la lógica de su propia elaboración: si no se habla de capacidades sobrehumanas, el mundo ha de ser otro con reglas distintas al nuestro; si la época no da para sus pretensiones morales, que se lleve a otra; incluso, algunos han llegado a modificar su entorno inmediato y hasta a caricaturizarlo. Cobardías, nada más que cobardías y falta de compromiso con el mundo: licencias literarias. Así había sido desde tiempo atrás, me dijeron, desde que buscábamos una literatura nacional, tanto tiempo atrás. Nada de humor ni parodias: esa es la diferencia entre coplero y poeta, me dijeron, entre un cronista aprovechado y un escritor serio. Y nunca he dudado de ello.

Fue la necesidad de alejarme de dichos hábitos y pretensiones por lo que decidí investigar antes de escribir un cuento sobre La Muerte. Algo había escuchado sobre ella, algo curioso que me ayudó a tomar la decisión de dedicarle mi tiempo por completo e, inclusive, dedicarle un relato veraz, alejado de todo posible subjetivismo, de todo miedo irracional, que le diera el lugar que merece: la diversidad de mitos alrededor suyo, las múltiples formas que se le adjudican. Tal era el detonante de mi curiosidad al respecto.

Comencé por echar un ojo en las publicaciones donde es mencionada con mayor frecuencia: periódicos nacionales e internacionales, revistas médicas, diarios electrónicos, libros de poesía, cancioneros de música norteña. Pero la aproximación de estas publicaciones al tema era preventiva o descriptiva en su mayoría, y me sentí embargado por una sensación de tristeza en cuanto arrojé la última revista sobre mi escritorio, al darme cuenta de que no había rastro alguno sobre su ubicación. Sin más opciones, decidí acudir a las fuentes directas, pero al terminar con las visitas a todas las funerarias, cementerios, hospitales y oficinas de periódicos y editoriales de la ciudad, quedé igualmente perdido. Ninguna respuesta me satisfizo ni mucho menos; antes que darme una respuesta sensata o que pudiera servirme, me pidieron que saliera de cada uno de aquellos sitios.

No podía creer que cayeran centenares de muertos alrededor de mí en tan poco tiempo y no hubiera rastro de ella. No obstante, la peor decepción a lo largo de mi búsqueda fue la de notar que los llamados tanatólogos evadían mis preguntas y, con el tiempo, comenzaran a evitar los encuentros conmigo. Esos autoproclamados estudiosos se apartaban de mi camino en cuanto conocían mis intereses, salvo los pocos que, con ganas de engancharme en alguna terapia, sin comprender bien a bien mis preguntas, hablaban de mi necesidad de soltar amarras, de dejar ir. Decían:

—No le busque tres pies al gato. Usted espera la guadaña y la túnica negra, la mano huesuda. No se haga eso, tiene que superar su pérdida.

O bien:

—Busca anticipadamente. Ya le llegará su hora.

—Usted no comprende —repuse en cada oportunidad—, yo no he perdido a nadie. Quisiera conocerla por cuestiones de trabajo, pero no me pida explicaciones, no podría dárselas —y sus caras se fruncían en un gesto de desconcierto del que, al igual que con todos los anteriores, tampoco brotaban respuestas.

Y sin embargo tenían razón: había buscado lo mismo todo el tiempo, la figura fría de un esqueleto andante. Así que durante las semanas subsecuentes, decidí buscarla en todas las formas que desfilaran por mi imaginación: ídolos de piedra, flores marchitas, orgasmos intensos, cuervos postrados sobre lápidas, el canto silencioso detrás de las cosas (hipnotismo del alma), la cruz. Todo para nada.

Regresé a mi departamento bastante amargado, pensando que me restaban cada vez menos posibilidades y que coincidir en un lugar con aquella a la que pretendía conocer se tornaba cada vez más difícil. Ya en casa, me dirigí al estudio y tomé asiento en el sofá, desde donde contemplé por largo rato el muro, esperando estúpidamente, como si de allí fuera a brotar la muerte para concederme una entrevista; entonces, llegué a la conclusión de que había desperdiciado varias semanas en aquella búsqueda sinsentido, de aquí para allá, suspiro tras suspiro, pura desilusión; y que por ello, las hojas de mi libreta continuaban en blanco. De que había pasado horas en salas de espera de muchos hospitales, fines de semana en velorios, entierros, caminando al lado de procesiones con gente religiosa que poco sabía del tema y no dejaba de mencionar el alma en paz de quien fuera dentro del cajón, sin palabra alguna sobre ella, sobre La Muerte.

Me hallaba inconsolable, desesperado. Mi departamento era un revoltijo de notas sobre su posible paradero, legajos desperdigados sobre la alfombra donde almacenaba algunas consideraciones sobre sus posibles rutas: puro trabajo de mi invención, sin prueba alguna de su veracidad. Todos mis intentos yacían sobre el piso como un huerto infértil. ¡Grité, grite con toda mi fuerza hacia el cielo nocturno!: “En vano amenazas, Muerte,/ cerrar la boca a mi herida/ y poner fin a mi vida/ con una palabra inerte”, pensando que jamás escribiría su relato. Sólo conseguí desgañitarme debido a mi insistencia en gritar versos toda la noche desde mi ventana. Por la mañana observé al sol levantarse sobre la calle, despuntando sobre las casas de calle abajo, y me pareció una burla ver que había amanecido sin rastro de ella nuevamente, con el cielo claro y colibríes en el alféizar de la ventana, todo en silencio.

Me quedé sin recursos y, ya desanimado, sin datos para comenzar a escribir mi relato, aquella reivindicación de la muerte, redacté una explicación acerca de de mi próximo salto por la ventana que pudiera redimirme con el mundo en caso de que fallara mi último intento por conocerla en vida, y la dejé a la vista de todos, sobre el escritorio:

¿Naceré más de una vez

Y tú seguirás huyendo,

Muerte cobarde, huyendo,

Cuando yo vuelva a la vida?

¿Naceré más de una vez,

Y te llevarás mis sueños,

Muerte cobarde, huyendo,

Mis sueños con tu partida?

Después salté a través del cristal sin dudar ni por un segundo. La caída duró lo suficiente para notar una sombra en la puerta del edificio, una sombra delgada y alta que observó todo mi trayecto hasta que impacté contra el piso. Me pareció que sonreía.

Al volver en mí sobre una cama de hospital, sin rastro alguno de visitas, sin rastro alguno de gente, sin ella por ningún lado, respiré tranquilo. La habitación estaba sucia y apenas entraba luz a través de las persianas. No imagino cuánto tiempo habría pasado. Con la poca fuerza que tenía, miré sobre el buró una hoja y un lápiz con la intención de tomarlos y escribir, pero no pude moverme. “Asomé por mi ventana y, sin ver su cuerpo por completo, la reconocí. Había venido a visitarme La Muerte y llevaba una canasta de mimbre consigo, evidentemente para un día de campo. Teníamos tanto de qué hablar.”. Ese sería un buen inicio para mi cuento, pensé.

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