martes, 7 de diciembre de 2010

Primera lectura de "El mundo alucinante": ardid estilístico en homenaje a Reinaldo Arenas. Admiración formal

Capítulo I

Donde se relata la sorpresa del lector y se anticipa la sorpresa y satisfacción del mismo

Así que tomaste el libro entre tus manos y leíste. Lo tomaste con rapidez y presteza porque ya el libro había extendido sus alas y volaba por la habitación, pensando en que algún esfuerzo habrías de cometer si querías leerlo. Así que lo tomaste y lo leíste cuando aún volaba entre aquellas cuatro paredes de tu cabeza, estrellándose de vez en cuando contra las ideas tuyas que por allí deambulaban, pero poco a poco se posó en tu regazo, más dócil a cada aleteo para facilitarte las cosas, sin dejar de emitir gemidos esporádicos contra aquellas ideas y en ocasiones hasta resbalaba de entre tus manos para volver al vuelo. Pero lograste tomarlo entre tus manos y leíste por largo rato sin percibir al fraile parado en algún lugar de la habitación, tranquilo y flaco, casi muerto, pero itinerante. Y el fraile andaba por la habitación prendido de los muros, débil de tan poco alimentado y tomándose de las ropas, intentando arrancar retazos para alimentarse de ellos, pues las cadenas de las que se liberó a mordidas hace tiempo que salieron de su cuerpo andando, en busca de aprisionar a cualquier otro, hacía mucho tiempo ya que habían salido, y ahora, buscaba alimento en sus ropas. Si el fraile no hubiera dicho aquello sobre la Virgen, aquello indigno de guardarse en la memoria, pero suficientemente meritorio de cargar en la penitencia y en el lomo al partir de viaje, aquello que apenas logra desdibujar la sensatez del fraile y lo necesario de su viaje. Si no hubiese tenido el fraile la certeza y la razón entre sus manos,

Esas manos de pura certeza táctil, sensorial,

Esas manos arcillosas, de prisionero por mandato real, religioso,

Esas manos fatigadas de aletear entre la tiranía irracional de la religión gobernada por los hombres,

Esas manos gobernadas hasta la muerte

Esas manos finalmente libres,

Si hubiesen estado la certeza y la razón en las cabezas de los otros y no revoloteando (como este libro entre tus manos) por las manos del fraile, quizá no estaría alimentándose de sus ropas en tu cabeza. Pero la razón anida y, por lo tanto vuela, así que voló de entre sus manos, migró lejos, pero desde sus manos, dejándolo apenas en la locura y la miseria de comer de sus ropas, estrellándose contra los muros de tu cabeza. Si no hubiera tenido la razón en sus manos.

Así fue.

No hay comentarios: