sábado, 6 de septiembre de 2008

Lo natural

Pienso que me hallo inmerso en una especie de bosque en el que las cuatro estaciones se reparten territorios movidos por el azar, donde el norte suele intercambiar otoño por primavera y el invierno se rehusa a echar raíces en el este. Camino por veredas amarillas tornasol cuando miro, a pocos metros de mí, vestigios de una nevada brutal que arrasó con unos cuantos árboles, pero no consiguió congelar el río ahora cubierto de lirios morados. Y la tormenta se mueve rápida hacia el oeste, luego al sur, y yo camino viendo por encima de mi espalda con la idea de que podría volver por detrás y golpearme de sorpresa, arrojarme al suelo, anidar en mí. Entonces llevaría ese temporal a cuestas por un bosque caótico, sin rumbo. En un día en el cual despierto con una brisa fresca en el rostro y cubierto por el rocío que debería estar sobre el pasto en el que yazgo, podría recostarme, ya por la noche, sobre las hojas secas de se desprenden de las ramas con desdén.
Pero el miedo de viajar se hace nimio en comparación con el del temor que me infunde la sola imagen de la estadía. Así la andanza se figura menos ardua. Si remover la tierra con los propios pasos se hace dificultoso, la inmovilidad, el peso de los zapatos, la resistencia cada vez menor de las rodillas y la humedad del pecho...
Debiera salir del bosque, lo más sano sería salir de aquí. Y una música del silencio me llama y las ideas permanecen incoherentes y las aves... las aves no son necesarias. Ellas, libres, viajan por doquier, el bosque es para su condición, más que una residencia, una breve circunstancia.
Ya lo veo diferente: no es caos, sino violencia.

domingo, 3 de agosto de 2008

Me vino una brisa desnuda al rostro y recorrió todos mis sentidos. En su naturaleza sin tapujos descubrí una voz que servía de camino andado al mar, pues imposibilitado para ir más allá de sus orillas, según confesó el breve aliento, acostumbraba conocer lo lejano por sus extensiones: por su olor que va y regresa fundido con el sudor del hombre y el bronceador de aceite de coco; por sus vientos, ya sean mansos o violentos, que azuzan a las ciudades para llevar las voces del hombre dibujadas por la circunstancia del mar en la tierra al mismo oleaje interminable; por su canción en los caracoles , en las orejas del curioso que viene con la ambición de más cantares.
Cuánto dijo aquella caricia que pedí hablar con el mismo océano sin darme cuenta: es mudo. Sin embargo, comprendí cuán inútil le resultaría la voz que puede contener una boca a toda su inmensidad  : habla con el cuerpo, con su movimiento y el color que le disfraza a cada hora.
Conversé con la brisa por largas horas durante las cuales me habló de la respiración del mar. Ahí su vida, el ir y venir de las olas y otros vientos -porque las olas son vientos inquebrantables, inexpugnables-. Pero al igual que los demás mensajeros y su color que había cambiado tantas veces ya para reiterarse inevitablemente, cíclicamente, regresó a él. 
En los minutos siguientes contemplé la humildad del todo: la vastedad del océano convencida por el viento de entregar en cada ola su corona de espuma.

lunes, 16 de junio de 2008

Experiencias recientes frente a la pantalla grande

Mentiría al decir que estas últimas visitas al cine han resultado provechosas o entretenidas, pero no por ello me atrevería a llamarlas infructuosas. En este punto debo hacer notar que podemos considerar un fruto al rencor o al desprecio, a la risa o al disfrute, pero no siempre cualquiera de ellos puede ser provechoso para quien lo experimenta. Sin embargo, puede ser una experiencia entretenida.
En esta última semana, después de varias de ausencia en la salas de cine, acudí, sin amenaza previa alguna, a ver dos películas altamente prescindibles que bien pueden atraer al incauto con campañas publicitarias engañosas: "Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal" y "El Fin de los Tiempos".
Hablemos claro, no es mi intensión criticar inmerecidamente y sin argumentos a ningún filme, es necesario que esto quede bien nítido, de igual modo, el hecho de que no pretendo desprestigiar a ningún director o guionista por haber realizado un trabajo cuya finalidad haya sido alcanzada con la obra exhibida.
Una vez dicho esto, continúo.
Resulta, para un espectador que disfrutó las primeras tres partes de la saga de Jones, casi imposible notar la falta de seriedad involucrada en la creación de esta cuarta entrega. Si bien recordamos a un Indy intrépido, ágil, en esta extensión de la saga, se antoja imposible creerle al personaje dichas capacidades, pues la condición física del héroe se nota evidentemente diezmada por el paso de los años. Quizá no por este solo argumento pueda asegurar la paupérrima calidad de la obra, quizá no puedo obviar cierta calidad o experiencia en lo que refiere a fotografía o dirección, incluso la edición. Entrar de lleno a criticar elementos que fungen únicamente como un medio para narrar una historia mediocre plagada de lugares comunes -dentro de la diégesis planteada desde el primer filme de Indy- no es necesario. Digamos con certeza que en tanto a los recursos utilizados y la finalidad que persiguen estos, la película y su narrativa funcionan adecuadamente. Que la obra final sea tan predecible, cursi e inverosímil; que pretenda, por medio de secuencias de acción constantes y excesivas, chistes forzados y pueriles encaminados al refuerzo de un discurso específico, no es culpa de los recursos fílmicos. No busquemos la deficiencia del qué en el cómo.
Por su parte, El Fin de los Tiempos parece un intento fallido de thriller que lejos de emocionar al espectador con sucesos inesperados o provocar temor alguno, cae en lugares comunes con resoluciones fáciles o insipientes, anunciadas desde el mismo inicio de la historia. A lo largo de toda la película vemos frases que sustentarán el desarrollo de la ridícula trama que nos presenta Shyamalan, no conforme con sus previos arrebatos en los que juega al guionista innovador -La Dama en el Agua, La Aldea, El Protegido, Señales- que no han hecho sino marcar una línea bastante mediocre. Podemos mencionar que, quizá de algún modo, sus intentos de buscar la fantasía o lo inimaginable dentro de la cotidianidad no sean del todo ingenuos, pues pretende ubicarlos en los lugares más próximos al común de la gente, tal vez con el fin de interesar al espectador medio; sin embargo, llegan a a parecer ridículos e inverosímiles.
Desde los primeros minutos en El Fin de los Tiempos podemos encontrar clichés colocados al por mayor sin criterio alguno, pues -y esta es quizá la más grande pregunta que me surge- ¿de qué sirve que el personaje principal, imposibilitado para resolver la problemática que se le presenta, sea un profesor de ciencias, si de cualquier modo no hace uso de sus conocimientos que , al parecer, son mínimos en comparación a los de un personaje secundario - Frank Collison, el propietario del invernadero- , el cuál no hace más que explicar al espectador lo sucedido? ¿cómo se puede pretender que una resolución del problema que experimenta la pareja que hacen Wahlberg y Deschanel es la mejor manera de mostrar que el peligro ha cesado?  
Aparte de lo ingenuo que resulta sustentar la credibilidad del argumento en frases como "es un acto de la naturaleza y nunca podremos entenderlo", Shyamalan renuncia a toda posibilidad de resolver su película de una manera inteligente para enaltecer al amor que, en vez de triunfar y disipar el mal, tiene la suerte de prevalecer. La única veta que deja para provocar un cierto suspenso o temor alguno es la reaparición aleatoria de este happening, lo que parece insuficiente ante una película tan endeble y mal lograda, que se apoya en una noticia reciente (la desaparición de miles de abejas) para querer infundir temor.