martes, 7 de diciembre de 2010

Primera lectura de "El mundo alucinante": ardid estilístico en homenaje a Reinaldo Arenas. Admiración formal

Capítulo I

Donde se relata la sorpresa del lector y se anticipa la sorpresa y satisfacción del mismo

Así que tomaste el libro entre tus manos y leíste. Lo tomaste con rapidez y presteza porque ya el libro había extendido sus alas y volaba por la habitación, pensando en que algún esfuerzo habrías de cometer si querías leerlo. Así que lo tomaste y lo leíste cuando aún volaba entre aquellas cuatro paredes de tu cabeza, estrellándose de vez en cuando contra las ideas tuyas que por allí deambulaban, pero poco a poco se posó en tu regazo, más dócil a cada aleteo para facilitarte las cosas, sin dejar de emitir gemidos esporádicos contra aquellas ideas y en ocasiones hasta resbalaba de entre tus manos para volver al vuelo. Pero lograste tomarlo entre tus manos y leíste por largo rato sin percibir al fraile parado en algún lugar de la habitación, tranquilo y flaco, casi muerto, pero itinerante. Y el fraile andaba por la habitación prendido de los muros, débil de tan poco alimentado y tomándose de las ropas, intentando arrancar retazos para alimentarse de ellos, pues las cadenas de las que se liberó a mordidas hace tiempo que salieron de su cuerpo andando, en busca de aprisionar a cualquier otro, hacía mucho tiempo ya que habían salido, y ahora, buscaba alimento en sus ropas. Si el fraile no hubiera dicho aquello sobre la Virgen, aquello indigno de guardarse en la memoria, pero suficientemente meritorio de cargar en la penitencia y en el lomo al partir de viaje, aquello que apenas logra desdibujar la sensatez del fraile y lo necesario de su viaje. Si no hubiese tenido el fraile la certeza y la razón entre sus manos,

Esas manos de pura certeza táctil, sensorial,

Esas manos arcillosas, de prisionero por mandato real, religioso,

Esas manos fatigadas de aletear entre la tiranía irracional de la religión gobernada por los hombres,

Esas manos gobernadas hasta la muerte

Esas manos finalmente libres,

Si hubiesen estado la certeza y la razón en las cabezas de los otros y no revoloteando (como este libro entre tus manos) por las manos del fraile, quizá no estaría alimentándose de sus ropas en tu cabeza. Pero la razón anida y, por lo tanto vuela, así que voló de entre sus manos, migró lejos, pero desde sus manos, dejándolo apenas en la locura y la miseria de comer de sus ropas, estrellándose contra los muros de tu cabeza. Si no hubiera tenido la razón en sus manos.

Así fue.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Seguirás huyendo

Eduqué mi pluma bajo la creencia de que la mayoría de cuentistas que se hacen llamar así tienen la costumbre de aventurarse a emitir juicios o defender posturas, dentro de sus escritos, sin conocer los temas de los que hablan, con la tranquilidad de saber que pueden llamar “literatura” fantástica su trabajo y, por si esto no bastara, suelen redimensionar estratos de la realidad con la finalidad de que sus argumentos sean sustentables dentro de la lógica de su propia elaboración: si no se habla de capacidades sobrehumanas, el mundo ha de ser otro con reglas distintas al nuestro; si la época no da para sus pretensiones morales, que se lleve a otra; incluso, algunos han llegado a modificar su entorno inmediato y hasta a caricaturizarlo. Cobardías, nada más que cobardías y falta de compromiso con el mundo: licencias literarias. Así había sido desde tiempo atrás, me dijeron, desde que buscábamos una literatura nacional, tanto tiempo atrás. Nada de humor ni parodias: esa es la diferencia entre coplero y poeta, me dijeron, entre un cronista aprovechado y un escritor serio. Y nunca he dudado de ello.

Fue la necesidad de alejarme de dichos hábitos y pretensiones por lo que decidí investigar antes de escribir un cuento sobre La Muerte. Algo había escuchado sobre ella, algo curioso que me ayudó a tomar la decisión de dedicarle mi tiempo por completo e, inclusive, dedicarle un relato veraz, alejado de todo posible subjetivismo, de todo miedo irracional, que le diera el lugar que merece: la diversidad de mitos alrededor suyo, las múltiples formas que se le adjudican. Tal era el detonante de mi curiosidad al respecto.

Comencé por echar un ojo en las publicaciones donde es mencionada con mayor frecuencia: periódicos nacionales e internacionales, revistas médicas, diarios electrónicos, libros de poesía, cancioneros de música norteña. Pero la aproximación de estas publicaciones al tema era preventiva o descriptiva en su mayoría, y me sentí embargado por una sensación de tristeza en cuanto arrojé la última revista sobre mi escritorio, al darme cuenta de que no había rastro alguno sobre su ubicación. Sin más opciones, decidí acudir a las fuentes directas, pero al terminar con las visitas a todas las funerarias, cementerios, hospitales y oficinas de periódicos y editoriales de la ciudad, quedé igualmente perdido. Ninguna respuesta me satisfizo ni mucho menos; antes que darme una respuesta sensata o que pudiera servirme, me pidieron que saliera de cada uno de aquellos sitios.

No podía creer que cayeran centenares de muertos alrededor de mí en tan poco tiempo y no hubiera rastro de ella. No obstante, la peor decepción a lo largo de mi búsqueda fue la de notar que los llamados tanatólogos evadían mis preguntas y, con el tiempo, comenzaran a evitar los encuentros conmigo. Esos autoproclamados estudiosos se apartaban de mi camino en cuanto conocían mis intereses, salvo los pocos que, con ganas de engancharme en alguna terapia, sin comprender bien a bien mis preguntas, hablaban de mi necesidad de soltar amarras, de dejar ir. Decían:

—No le busque tres pies al gato. Usted espera la guadaña y la túnica negra, la mano huesuda. No se haga eso, tiene que superar su pérdida.

O bien:

—Busca anticipadamente. Ya le llegará su hora.

—Usted no comprende —repuse en cada oportunidad—, yo no he perdido a nadie. Quisiera conocerla por cuestiones de trabajo, pero no me pida explicaciones, no podría dárselas —y sus caras se fruncían en un gesto de desconcierto del que, al igual que con todos los anteriores, tampoco brotaban respuestas.

Y sin embargo tenían razón: había buscado lo mismo todo el tiempo, la figura fría de un esqueleto andante. Así que durante las semanas subsecuentes, decidí buscarla en todas las formas que desfilaran por mi imaginación: ídolos de piedra, flores marchitas, orgasmos intensos, cuervos postrados sobre lápidas, el canto silencioso detrás de las cosas (hipnotismo del alma), la cruz. Todo para nada.

Regresé a mi departamento bastante amargado, pensando que me restaban cada vez menos posibilidades y que coincidir en un lugar con aquella a la que pretendía conocer se tornaba cada vez más difícil. Ya en casa, me dirigí al estudio y tomé asiento en el sofá, desde donde contemplé por largo rato el muro, esperando estúpidamente, como si de allí fuera a brotar la muerte para concederme una entrevista; entonces, llegué a la conclusión de que había desperdiciado varias semanas en aquella búsqueda sinsentido, de aquí para allá, suspiro tras suspiro, pura desilusión; y que por ello, las hojas de mi libreta continuaban en blanco. De que había pasado horas en salas de espera de muchos hospitales, fines de semana en velorios, entierros, caminando al lado de procesiones con gente religiosa que poco sabía del tema y no dejaba de mencionar el alma en paz de quien fuera dentro del cajón, sin palabra alguna sobre ella, sobre La Muerte.

Me hallaba inconsolable, desesperado. Mi departamento era un revoltijo de notas sobre su posible paradero, legajos desperdigados sobre la alfombra donde almacenaba algunas consideraciones sobre sus posibles rutas: puro trabajo de mi invención, sin prueba alguna de su veracidad. Todos mis intentos yacían sobre el piso como un huerto infértil. ¡Grité, grite con toda mi fuerza hacia el cielo nocturno!: “En vano amenazas, Muerte,/ cerrar la boca a mi herida/ y poner fin a mi vida/ con una palabra inerte”, pensando que jamás escribiría su relato. Sólo conseguí desgañitarme debido a mi insistencia en gritar versos toda la noche desde mi ventana. Por la mañana observé al sol levantarse sobre la calle, despuntando sobre las casas de calle abajo, y me pareció una burla ver que había amanecido sin rastro de ella nuevamente, con el cielo claro y colibríes en el alféizar de la ventana, todo en silencio.

Me quedé sin recursos y, ya desanimado, sin datos para comenzar a escribir mi relato, aquella reivindicación de la muerte, redacté una explicación acerca de de mi próximo salto por la ventana que pudiera redimirme con el mundo en caso de que fallara mi último intento por conocerla en vida, y la dejé a la vista de todos, sobre el escritorio:

¿Naceré más de una vez

Y tú seguirás huyendo,

Muerte cobarde, huyendo,

Cuando yo vuelva a la vida?

¿Naceré más de una vez,

Y te llevarás mis sueños,

Muerte cobarde, huyendo,

Mis sueños con tu partida?

Después salté a través del cristal sin dudar ni por un segundo. La caída duró lo suficiente para notar una sombra en la puerta del edificio, una sombra delgada y alta que observó todo mi trayecto hasta que impacté contra el piso. Me pareció que sonreía.

Al volver en mí sobre una cama de hospital, sin rastro alguno de visitas, sin rastro alguno de gente, sin ella por ningún lado, respiré tranquilo. La habitación estaba sucia y apenas entraba luz a través de las persianas. No imagino cuánto tiempo habría pasado. Con la poca fuerza que tenía, miré sobre el buró una hoja y un lápiz con la intención de tomarlos y escribir, pero no pude moverme. “Asomé por mi ventana y, sin ver su cuerpo por completo, la reconocí. Había venido a visitarme La Muerte y llevaba una canasta de mimbre consigo, evidentemente para un día de campo. Teníamos tanto de qué hablar.”. Ese sería un buen inicio para mi cuento, pensé.

jueves, 25 de noviembre de 2010

La espalda de una novela policiaca: el caso de El hombre que fue Jueves


“Au contraire. Ils en ont plus que jamais besoin parce que les

livres disent qu'il est en l'homme quelque chose de plus fort que le malheur." *

Damnificado haitiano

Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) escribió El hombre que fue Jueves tras lo que el mismo consideró un periodo de depresión personal. Hacia finales del siglo XIX la sociedad inglesa flotaba en el remanso decadentista de la sociedad victoriana, y Chesterton no fue la excepción. Se respiraba en el aire el desengaño de Schopenhauer sobre la vida y la libertad humanas como meros espejismos que aseguraban la supervivencia del hombre en una cruel prolongación de la agonía de la existencia. A su paso por la Slade School of Arts como estudiante en artes, Chesterton llegó a su punto máximo de escepticismo: el solipsismo por el lado filosófico y el impresionismo por el estético lo condujeron a la desconfianza absoluta de la existencia misma de las cosas y del mundo entero. Como años después se supo gracias a su Autobiografía, hacia estos años la barrera entre sueño y vigilia se desvanecieron para él, no sólo como percepción de la realidad sino también en un plano simbólico con hondas implicaciones. Si la frontera entre sueño y vigilia se difumina, sólo quedaba un paso para que lo mismo sucediera con las herramientas intelectuales que configuran nuestra noción de realidad. Todo el arsenal intelectual se desvanece ante la idea de que sólo existe como invención de la imaginación humana, y de ahí el desconsuelo de ver caer los fundamentos idealistas de la filosofía moderna. En este momento de crisis del pensamiento occidental, la primera reacción fue de desazón y, en un nivel más angustioso, del temor de la locura del sujeto extraviado en la inmensidad del vacío. Ante lo que se presenta como sólidas identidades sólo se esconden apariencias y la amarga certeza del fracaso intelectual. Si consideramos que estas ideas afligían el espíritu de Chesterton cuando escribió El hombre que fue Jueves,podemos entender esta magnífica obra como la clave que resolvió el dilema existencial en el que estuvo sumido en este momento sombrío de su vida.

El genio de Chesterton dio con la clave de la paradoja, que sin duda se convirtió en la característica más identificable en sus textos y que más fue señalada por la crítica como rasgo principal de su técnica de composición. Señalada, aunque no comprendida del todo. No sin cierta ironía, Chesterton comentó que “los críticos eran casi por completo elogiosos a lo que les complació llamar mis brillantes paradojas, hasta que descubrieron que realmente quería decir lo que dije”. En la figura de la paradoja Chesterton cifró el “disfraz ideal de la verdad o del sentido común” (Siles, 117) que abría la posibilidad de una síntesis secreta oculta detrás de toda la ambigüedad caótica del mundo. El plan general de El hombre que fue Jueves consiste en efectuar ese transformación en el sujeto, en trasladar al protagonista, junto con sus compañeros de armas e incluso el lector, de ese estado de angustia ante el caos, de la pesadilla, a una reconciliación de los contrarios por medio de la paradoja, gracias a la mano invisible del enigmático y, más acertadamente paradójico, Domingo.

Al analizar la novela nos damos cuenta de que la paradoja permea toda la estructura que le da forma. Si consideramos, como habíamos dicho, que el plan general es la progresiva identificación por parte de los personajes de esas paradojas que subyacen y estructuran todo el relato, la novela arranca con la descripción de un ocaso londinense bajo el cual se encuentra el barrio de Saffron Park. Un ocaso sangriento, rojizo. En este escenario descrito como un lugar que “no sólo era agradable, sino perfecto, siempre que se le considerase como un sueño y no como una superchería” (Chesterton, 1976, 5) se lleva a cabo la presentación de dos personajes, enfrascándolos en una discusión sobre la naturaleza de la poesía: Gabriel Syme y Lucian Gregory. El primero, un autoproclamado poeta del orden; el segundo, un poeta del caos y anarquista confeso, acorde con el gusto chestertoniano por la paradoja. En este punto es donde queda clara la manera en que el inglés decide construir a sus personajes. Syme y Gregory son, antes todo, opuestos naturales, evidentes. Ante todo, cada uno se autonombra en términos sólidos: Lucian Gregory es el poeta fanfarrón identificado con el anarquismo político sólo en el discurso; Gabriel Syme, el hombre que fue Jueves, es el conservador y custodia del Orden, agudo en señalar las incoherencias de la ideología anarquista. Nada más llegamos a las primeras acciones, la novela cobra un aire fantástico en el que se empiezan a desestabilizar las identidades de los personajes. Lo que empieza como una discusión verbal toma un giro vertiginoso que mete de lleno la novela en la lógica de la novela policiaca: Syme resulta ser un detective-filósofo que suplanta a Gregory como representante ante el Consejo de los Siete Días para desarticular la célula anarcoterrorista. Lo que parecería una ágil movida de un detective astuto no es más que una apariencia que al poco tiempo es desmentida por la torpeza, o al menos heterodoxia, de los métodos de investigación de Syme. Pronto el juego de identidades se precipita al ritmo vertiginoso de una pesadilla fantástica. Los miembros del Consejo son personajes siniestros y enigmáticos. El más desconcertante es el presidente, Domingo, un hombre de dimensiones exageradas, que visto por detrás evoca un ser bestial y poderoso que poco concuerda con su cara que irradia una gracia angelical. Desde esta primera aparición, la figura de Domingo se va concentrando en un alto simbolismo.

Lo que antes Syme sentía como extrañeza en los otros miembros del Consejo se va descubriendo que son apariencias: como él, el resto de los miembros se van revelando como policías, todos parten de una misma división especial de la Policía encabezada por un incógnito jefe. Una a una, cada identidad se va desmintiendo como apariencia de otra, de manera más y más escandalosa. La trama sigue el crescendo, tan dramático como irónico, de una pesadilla cada vez más opresora, cada vez más sofocante que descubre que todo el Consejo, menos Domingo, claro, está compuesto por policías. Los policías ahora aliados se conjuran contra el presidente, más que para capturarlo, para saber quién o qué es. Para rematar esta farsa de Consejo, Domingo huye de sus perseguidores no sin antes lanzar su voz profética:

    Oigan ustedes lo que les digo: antes descubrirán el secreto del último árbol y de la nube más remota, que mi secreto. Antes entenderán ustedes el mar: yo seguiré siendo un enigma. Averiguarán ustedes lo que son las estrellas: no averiguarán lo que soy yo. Desde el principio del mundo todos los hombres me han perseguido como aun lobo, los reyes y los sabios, los poetas como los legisladores, todas las iglesias y todas las filosofías. Pero nadie ha logrado cazarme. (Chesterton, 1976, 186)

Antes de saltar por el balcón donde se celebra el Consejo, Domingo lanza otra ácida noticia: él también es el jefe de policía que los ha enrolado a todos. En este punto de la narración cae toda la lógica causal del argumento: Domingo crea un cuerpo especial de la Policía cuyos detectives se infiltran en una célula anarcoterrorista también organizada por Domingo. Los Seis perplejos sólo atinan en aprehender al Inasible en una persecución llena de acción, que incluye carruajes, carro de bomberos, un elefante y al final un globo aerostático. En la persecución Domingo incluso se divierte lanzándoles falsas pistas.

Empecinados en alcanzar a su burlador, los Seis siguen al globo por la campiña. La larga travesía por abrojos destruye sus ropas y carnes y los sume en la meditación conjunta. Cada uno ensaya una razón que explique el enigma de Domingo. Considerando el código moral católico de Chesterton, esto tiene una clara significación de penitencia. Cuando coinciden en relacionar a Domingo con la Naturaleza, el globo desciende. Inmediatamente los Seis son conducidos a una recepción, una fiesta de disfraces en la que se representa el Universo todo en frenesí. Los Seis son ataviados de acuerdo con la alegoría de su día respectivo, según la cosmogonía del Génesis. Domingo se presenta ante ellos como la Paz de Dios: “Permanezcamos juntos un rato, ya que nos hemos amado tan dolorosamente y tanto nos hemos combatido” (Chesteron, 1976, 213) En este último encuentro acude también Gregory, Satán que es el único y auténtico Anarquista. Ante la calumnia de Gregory, Syme finalmente comprende su situación, de sujeto que transita entre dos polos según el diseño divino. Al querer corroborar su conclusión con Domingo, éste se distiende y se pierde en la inmensidad del Cosmos, desde donde resuena la sentencia cristológica como última huella de Domingo, “¿Podréis beber en la copa en que yo bebo?”.

La genialidad de Chesterton sigue a continuación de este eco que retumba, el narrador nos guarda una última sorpresa: toda la novela ha sido un sueño profundo de Syme, que despierta paulatinamente y plácidamente; no obstante la revelación metafísica queda en el sujeto, y por última vez tenemos otra paradoja: la experiencia del sueño como una experiencia más simbólica que la de la vigilia, que trasciende en los códigos ético y moral del sujeto con más intensidad que la reflexión en “perfecto estado de consciencia”.

Y de ahí la relevancia del subtítulo de la novela: El hombre que fue Jueves. Una pesadilla. La estructura general de la obra está enmarcada en un sueño de Syme en el que lo vemos transcurrir junto con sus compañeros de armas por esta aventura metafísica. Si antes de la revelación final el sueño era una auténtica pesadilla por lo dramático y angustiante de los episodios, esto es alegoría de la persecución de la razón humana por descubrir las leyes absolutas del Cosmos, una empresa que ciertamente tiene los riesgos de convertirse en una pesadilla. Ya lo decía Goya.

El hombre que fue Jueves, claramente, no es una novela policiaca convencional, pues a pesar de que pueden ser identificados varios elementos del relato policiaco (como la investigación, el suspenso y la intriga de un misterio, inclusive a un detective como el personaje central), falta una de las premisas principales de la novela policiaca: el crimen. En todo caso existe la amenaza de un ataque terrorista que pretende asesinar a dos mandatarios y que es indispensable como motor para la trama de la investigación. Sin embargo, la novela se aleja considerablemente del canon detectivesco al vincularse con los relatos de aventuras, los fantásticos o la disertación filosófica. Y se aleja de los lugares comunes del género debido a una propuesta estética que, puesta en boca de Syme hacia el final, resulta ser la poética de la novela:

    “—Óiganme ustedes —exclamó Syme con énfasis desusado— ¿Quieren ustedes que les diga el secreto del mundo? Pues el secreto está en que sólo vemos las espaldas del mundo. Sólo lo vemos por detrás, por eso parece brutal. Eso no es un árbol, sino las espaldas de un árbol; aquello no es una nube, sino las espaldas de una nube. ¿No ven ustedes que todo está como volviéndose a otra parte y escondiendo la cara? ¡Si pudiéramos salirle al mundo por enfrente!” (Chesterton, p 202)

Dicho de otro modo, todas las situaciones, los personajes, los debates, están conformados por una dualidad, son una confrontación que los exhibe como una entidad que se prolonga sin excluir sus partes: la espalda de Domingo, por monstruosa que parezca en un principio, junto con la cara casi benevolente que la acompaña, forman el mismo cuerpo; Gregory es un anarquista que defiende la misericordia, la mansedumbre y el amor al prójimo en el discurso de candidatura por el puesto de Jueves, etc. Y es gracias a esta cualidad de ambivalencia que la investigación que pretende detener el ataque contra los mandatarios termina por ser estéril, que los resultados que arroja son más confusos que esclarecedores y que la novela esté plagada de sorpresas y reflexiones sobre la existencia o la certeza de las cosas.

Gabriel Syme vive en una constante duda porque, detrás de cada objeto que se le presenta, está oculta una faceta opuesta a la que muestra inicialmente. Porque detrás de la máscara del marqués hay un inspector que no planea un bombardeo sino su propio escape y, detrás de la organización anarquista que se supone el Consejo de los Siete Días, hay una organización de la policía planeada por el mismo Domingo.

Entonces, cuando por fin se revela la identidad del hombre inmenso que lidera el Consejo, se puede comprender que el hilo conductor que une todas las revelaciones proviene del mismo personaje que ha orquestado estos juegos de desengaño, de quitar máscaras a las cosas o, mejor dicho, de volver las cosas hacia uno para mirar al mundo de frente y coincide con la reflexión que el mismo Chesterton hace años después en el Libro de Job:

“[…] Dios aparece al final no para responder los enigmas, sino para proponerlos. La negativa de Dios por explicar su diseño es en sí misma una indicación abrasadora de Su diseño. Los enigmas de Dios son más satisfactorios que las soluciones del hombre” (Chesterton, 2000b, 175-176).

Y esto revela mucho más que las cualidades de este personaje o las implicaciones de una trama que se ha obstinado en tratar aspectos metafísicos: la novela misma parece las espaldas de una novela policiaca a la que hay que tomar en algún momento por el frente, para dejar de percibir sólo a un detective inútil, una investigación que revela más dudas que respuestas o la ausencia de un crimen y comenzar a suponer que esos elementos son también, un filósofo intuitivo y perspicaz, una motivación a las preguntas sobre Domingo y el orden del mundo planteado por Chesterton y un detonante que motivó la intriga, respectivamente. El mismo Chesterton dice: “Pero no sólo es necesario esconder un secreto, también es necesario tener un secreto, y que este secreto sea digno de ser escondido.” (Chesterton, 1985).

A diferencia de los relatos detectivescos de Poe o de Conan Doyle, en los que la presencia de un narrador/personaje que relata los eventos y nos deja ver gradualmente cómo se devela un misterio, en El hombre que fue Jueves, Syme es el gran testigo de un mundo de caretas que, lejos comprender lo sucedido, pierde toda la confianza en él y sus personajes, en parte porque carece de aptitudes deductivas o analíticas y confía plenamente en la intuición poética. Confía cuando confronta al doctor Bull, cuando revela su identidad ante Gregory. Queda en claro que es un sujeto con buena voluntad y disposición, pero sin método, al provocar el duelo con el marqués. Y así sucesivamente.

Borges, gran lector y reivindicador de Chesterton, comenta, además de que en su caso “tenemos a un hombre de genio y… reducirlo a católico es una injusticia” (Borges, 2005, p 100), que en sus relatos policiacos “No se sabe muy bien qué pasa con ellos [los criminales], ya que lo importante es el enigma; la solución ingeniosa de ese enigma”. Esta aseveración describe no sólo la manera en que están elaborados los relatos detectivescos del Padre Brown (aunque nace de la lectura que hace Borges de ellos), sino que describe el estilo de Chesterton. Es decir, en El hombre que fue Jueves, Chesterton profundiza con mucha más libertad en las complicaciones propias del enigma, que en las descripciones de los personajes o del crimen. Sustenta la tensión del relato en las posibilidades que pasan por la mente de sus personajes y no en el crimen, menos en el supuesto criminal.

En el mismo texto, Borges menciona otras dos características propias de Chesterton: la propuesta de una posible solución mágica para sus enigmas y lo novedoso de su narrador dentro del género, ambas características manifiestas en la novela. Probablemente los ejemplos más claros al hablar de “posibles soluciones mágicas” sean la sugerencia de que el profesor De Worms, con la edad que le suponemos en el momento de la persecución de Syme, sea capaz de dar alcancé al poeta sin ningún tipo de complicaciones y logre entrar al bar del puerto todavía con la calma y los ademanes adecuados al viejo que suponemos que es; y la desaparición de Domingo, al final de la novela, avalado por su propia divinidad. Sin embargo, al terminar de leer cada uno de estos pasajes, descubrimos lo sencillo del problema: De Worms es Wilks disfrazado; Domingo desaparece, se expande ante los ojos asombrados del Consejo de los Siete Días, pero todo ha sido un sueño. Por otro lado, lo novedoso del narrador radica en lo impersonal del mismo. Chesterton prefiere no valerse de una relación empática que acrecenté la imagen de un detective inteligentísimo y por demás ingenioso, que es visto por su colega con admiración, sino reflexionar constantemente sobre la naturaleza de los objetos y de los sucesos dentro de sus relatos. Después de todo, ¿qué relevancia podría tener la exaltación de las cualidades y virtudes humanas de alguno de los personajes, cuando se abordan temas que le son mucho más importantes al autor?

A grandes rasgos, podemos decir que Chesterton propone una inversión de la poética policiaca gracias a la manera paradójica que tiene de representar el mundo: el detective intuye y confronta antes que investigar, el crimen debe ser detenido antes que resuelto, el misterio se revela por el supuesto criminal.

Chesterton deja algo en la mente del lector, además de su humor de contradicciones y exageraciones: después de todo, el Hombre puede encontrar un optimismo frente a la vida dentro de la muerte, es decir, puede pensar que la muerte es un impulso vital y la única certeza que da forma y sentido a la vida.


En colaboración con Sebastián Gómez Saldívar


*Al contrario. Los libros son más que nunca necesarios, porque los libros dicen que el hombre es más fuerte que cualquier desgracia.


    Bibliografía:

    Borges, Jorge Luis & Ferrari, Osvaldo. En diálogo II. México: Siglo XXI editores, 2005.

    Chesterton, Gilbert Keith. El hombre que fue Jueves. Alfonso Reyes, trad. Barcelona: Editorial Planeta, 1976.

    --------. “Cómo escribir una historia de detectives” en Teorías del cuento II. La escritura del cuento. Lauro Zavala, ed. México: UNAM, 2008.

    Siles González, Ignacio. A la fe por la duda. Una lectura metafísica de la paradoja en El hombre que fue Jueves de G.K. Chesterton. Revista de Filosofía de la Universidad de Costa Rica, XLIII (108), enero-abril 2005, pp 111-119.

lunes, 11 de octubre de 2010

Julián Garza o absurdo #1

– La fama de mi condición se había extendido a lo largo de la ciudad en unos cuantos meses, incluso se divulgó a nivel nacional tan rápidamente que el día de hoy estoy esperando a un reportero interesado en mi caso. Mi enfermedad es rara. Lo sé. Me gusta llamarle narrativitis, pero mi doctor insiste en que es imposible que se me inflame la narrativa, que a lo mucho se me podrá inflamar el estilo o algún elemento retórico, pero no la narrativa en sí, de eso dice estar ciento por ciento seguro. Así que él prefiere llamarle egotitis literaria y argumentar que no hay nada raro en mi estado de salud más allá de un poco de flujo nasal y la acostumbrada verborrea, que este repentino brote de habla estilizada y, sobre todo, recargada no es más que una obvia necesidad de reafirmación de mí mismo en sociedad ante el fracaso de mi obra literaria y una lastimera petición de ayuda; pero, a fin de cuentas, no es su área como gastroenterólogo y me resultaría más provechoso ver a un psicólogo o a un neurolingüista en la mejor de las situaciones. El caso es que hace un par de días recibí la llamada de un tal señor Portales, Humberto Portales. El señor, reportero de oficio, llamó interesado debido a que llegó a sus oídos una mención de la más extraña de mis costumbres y los particulares síntomas de mi enfermedad que, por raro que parezca, se han extendido más allá del lenguaje oral hasta el campo de lo escrito. Es decir, esta necesidad de expresarme a manera de relato no sólo se ha hecho presente en mi habla, sino que ahora cargo con sus consecuencias en el más ínfimo texto, desde la lista de víveres hasta las cuentas de la quincena. Por eso mi costumbre –de la que se enteró el señor Portales – de cuentificar cualquier suceso, por tonto que sea, al grado de haber llenado un par de libreros con relatos de mis idas al baño, mis subidas de escaleras, cómo almuerzo, etcétera, que aparte de ser numerosos han caído en un autoplagio evidente, en un estilo reiterativo y, casi podría asegurarlo, en malas imitaciones de autores contemporáneos de habla hispana. Alguna vez escribí “escribo que pienso seguir escribiendo hasta que deje de pensar que podría seguir escribiendo lo que pienso mientras escribo de aquello que me ha hecho escribir lo que pienso. Y también me veo narrando ya que escribo los pensamientos que he escrito porque debía narrar los escritos que escribí cuando no hablaba en el momento en que quería narrar lo que estaba pensando de lo que escribí que escribiría por no hablar sino escribir lo que quería narrar cuando escribí que pensaba escribir lo que pienso”. Por eso me llamó Humberto. Suena el teléfono.

– ¡Suena el teléfono!

–Grita a lo lejos Carla, mi esposa. Ya voy, contesto. Buenas tardes…Así es… Muy bien, acá lo espero. Pronto llegará… Alguien toca el timbre.

–¡Llaman a la puerta!

– Insiste mi esposa y regresa a nuestra habitación. Sí, yo atiendo, contesto, es para mí. Camino por el pasillo rumbo a la puerta con lentitud. Aun así, llego pronto hasta ella y justo antes de abrirla pregunto con cierta ansiedad “¿Quién es?” a sabiendas de que contestará el señor Portales.

–Si ya sabe que soy yo y que puedo escucharlo ¿por qué no abre la puerta?

– Dudo por un momento si debo abrir la puerta, sin saber todavía el nombre de quién llama a la puerta.

– Soy yo, Humberto, Humberto Portales.

– Responde sarcásticamente y a gritos desde el otro lado. Pienso si habrá sido buena idea aceptar la entrevista, mientras abro la puerta y le invito a pasar.

– Cuando piense, piense, no hable en voz alta, resérvese sus ideas, por favor.

– Me dice mientras pasa el umbral vestido con un ridículo traje marrón que no hace más que evidenciar la falsa cortesía contenida en la mayoría de los reporteros. Casi parecieran estar hechos de mierda él y su traje; lleva también un portafolios espantoso, maltratado, de muy mal gusto, que hace juego perfectamente con el atuendo; de las orejas salen vellos canosos y las arrugas sobre su vieja piel muestran un avanzado deterioro por la edad, tal vez unos sesenta y cinco años mal vividos. Cortésmente le invito a pasar, con una sonrisa en la boca y le digo “Adelante, al fondo del pasillo está el comedor o, si prefiere, podemos pasar al desayunador del jardín. Donde usted guste, en verdad.”

– Cortésmente, hijo de la chingada.

– Refunfuña y opta por el jardín.

– Mire, en verdad me parece interesante su caso, pero no estoy dispuesto a seguir con esto si las faltas de respeto y los insultos continúan.

– Plantea con seriedad. Lo pienso y accedo de inmediato a su petición que parece bastante prudente. Muy bien, procuraré moderar mi lenguaje, acepto con toda la sensatez de que soy capaz. Mientras Humberto me agradece pasamos al jardín. Al dar los primeros pasos sobre el verde y bien cuidado césped, se respira un aire de quietud que, espero, se mantendrá a lo largo de la entrevista. La mesa se ve limpia al igual que las sillas que le rodean. Lo invito a sentarse para dar inicio a la entrevista.

– ¿Podemos comenzar?

– Dice mientras se acomoda en mi silla y hago un sutil gesto para dárselo a entender al bruto.

– Haré oídos sordos a esa muestra de inmadurez. En verdad, no veo la necesidad de discutir sobre el asiento.

– Está bien, en verdad, no se preocupe, respondo con suma hipocresía –espero no lo perciba –, adelante con la entrevista. Saca una grabadora del bolsillo derecho del saco y una libreta y una pluma de su portafolio.

– Primeramente, me gustaría que nos diera su nombre completo, ya que, si bien usted es un hombre famoso por su condición, la fama de su enfermedad es más grande que la de su nombre. Por favor díganos ¿Cómo se llama y a que se dedica?

– Julián Garza Velasco es mi nombre, contesto con firmeza, y me dedico a escribir, a relatar todo lo que pueda y deba ser contado. Un tanto lo hago con la voz y otro tanto con las letras. Me gusta pensarme como un vocero de lo cotidiano. Ya sabe, lo mismo de todos los días, pero lo interesante. Por ello es que no escribo tanto a manera de trabajo.

– Sí, estoy seguro que su creatividad no diezma su producción artística, sino que su materia prima lo que le pone trabas a la hora de escribir.

– Dice con una honda sensación de orgullo y satisfacción el malparido.

– ¡Óigame hay un límite!

– Eso mismo digo yo, repongo.

– Mire… podemos terminar con esto de buena manera, no hay necesidad de agredirnos ni de buscar pleito con el otro ¿Está bien?

– Bufa, como un toro malparido en celo, con su enojo retenido en el interior de esos cachetes que más parecen belfos. Perfecto. Continúe, por favor. Sonrío.

– Sabemos que lleva ya un tiempo sufriendo de esta enfermedad que aún no es nombrada y que han surgido varios posibles nombres como verborrea crónico-retórico-degenerativa, expositivismo verbal, palabrismo. Pero la gente quisiera saber si usted le llama de algún modo y si es un caso aislado o conoce a más personas que padezcan de males similares.

– Pues mira, Humberto, cruzo la pierna elegantemente al iniciar con la respuesta, si había pensado en eso del nombre, pero creo que no me corresponde a mí dárselo. Además, narrativitis corre el riesgo de sonar ridículo. Respecto a la segunda parte de tu pregunta, debo decir que no es este un caso aislado, pero si sui generis. Es decir, mi tía ya había presentado una obvia tendencia a versificar sus pláticas, pero pasó de lo incomprensible de la poesía contemporánea a lo incomprensible de la barroca y, al fin, de la surrealista. Su esposo decidió que la mejor salida era mantenerla bajo arresto domiciliario, por decirle de alguna manera, pero mi tío comenzó a ensayar todo lo que decía al poco tiempo. Arguyó principios lógicos indiscutibles en temas como el color de la leche o el amanecer; pasó por el ensayo sociológico, provocado por la televisión y su exposición a la radio y demás medios de comunicación; de aquí al ensayo político, en el que ahondó como radical incendiario y, como obvia consecuencia –digo con un cierto tono que denota lo inevitable del hecho-, fue silenciado, sospechamos, por gobernación. Mi tía, al saber esto, se suicidó poéticamente dentro del mar. Pensamos que la transmisión de la enfermedad había concluido ahí, pero al poco tiempo comencé a presentar síntomas narrativos, digresiones, anagnórisis, comparaciones, alegorías, prosopopeyas, etcétera. E ineludible fue el destino de mi esposa, quien también contrajo el mal. Ahora no sale de nuestro cuarto sino la llaman a escena y casi todo lo que hace debe ir acompañado de música, movimientos corporales exageradísimos que, si bien contrajo la enfermedad, ésta no venía acompañada de aptitudes histriónicas, a saber. Concluyo… Noto que los bufidos que habían quedado atrás han vuelto en espasmos más rápidos y fuertes, el color de su cara se torna rojo y sus ojos parecen dispuestos a abandonar sus cuencas para asesinarme. Espero que diga algo, lo que sea.

– ¿Me está diciendo que esto es contagioso, que usted lo sabía y aún así acepto llevar a cabo la entrevista sin advertirme de esto?

– Grita en un arrebato furibundo y espera mi respuesta mientras el crujir de sus dientes suena por encima de mi respiración intranquila. Así es, contesto con un breve aliento, es viral –¡Auch! –. Repentinamente me veo interrumpido por un golpe en la mitad del rostro, un viejo y arrugado golpe seguido de –¡Auch! –y otro –¡Mpf! –. Caigo al piso un poco aturdido, pero con la lucidez suficiente para contestar la agresión y gritarle “pega más duro la campaña de Patricia Mercado, maricón mal vestido”. Por su parte, el afeminado enardecido gime y tira golpes a discreción –¡Ungh! –, como mujer ultrajada –¡Agh! –. No consigue hacerme mucho daño, pero los alaridos siguen y damos numerosas vueltas sobre el pasto: una y otra, para acá y para allá hasta que nos detiene la mesa. Por la fuerza con que nos estrellamos en ella, rompemos el cristal de la mesa escandalosamente.

– ¿Están bien?

– Pregunta Carla desde la ventana de la sala. Al vernos pelear, corre al estéreo y pone Fortuna Imperatrix Mundi, mientras grita desaforadamente y, fuera de tiempo y con muy mal gusto, entra en escena corriendo alrededor de nosotros, después finge separarnos y, ante su fracaso, no sin emitir un suspiro sobreactuado de desasosiego y resignación, se desvanece. Que drama tan innecesario, pienso. De súbito, Portales se detiene y, con un semblante calmado, totalmente diferente, se levanta, se sacude y me ayuda a levantarme.

– Olvidemos la pelea, debo irme.

– Comenta.

– Es mi deber mencionar que la atención que me ha brindado, aunada a la descortesía y la rareza de su esposa, han hecho de la entrevista una experiencia insufrible. En verdad, prefiero olvidar lo sucedido y retirarme mientras aún tenga un escaso vestigio de dignidad en mi ser. Por lo demás, su estilo es poco consistente y poco original, por lo que resulta de lo más inverosímil y burdo, abundante en ripios,

– Continúa.

– Incoherente dada la diégesis planteada al entrar en esta casa. Incluso ante los embates de cuentos mal estructurados y sin fundamentos no había sentido semejante repudio por una trama, por un argumento tan soso, tan cursi. Mi portafolio y mis notas, si me hace favor.

– Solicita mientras sacude el polvo de su asqueroso traje. ¿De que hablas, maldito vividor? Pregunto extrañado.

– Esto no se verá bien en el artículo. La gente leerá qué clase de persona es usted, qué pueril es su obra. Yo me encargaré de eso.

– Concluye mientras abandona mi casa. Yo, por mi parte, parado junto a mi esposa desvanecida en sobreactuación, le grito “Haga lo que quiera, mojón trajeado” y lo veo partir.

– ¡Ya cállese, imbécil!

– Grita. Después sale y azota la puerta.

jueves, 7 de octubre de 2010

Sobre la civilidad no mencionada

Me parece necesario advertir sobre las implicaciones que tiene la convivencia con un demente. Hago esta mención, en primer lugar, debido a que he sufrido del mal que advierto y, en segunda instancia, dado el creciente número de los que la moral en turno ha denominado como “locos”, me parece necesario hablar un poco de las situaciones propicias que cualquier sujeto sensato y bien formado habrá de elaborar si decide, por cualquier motivo, vivir bajo el mismo techo que un sujeto de dichas características, con tal de mantenerlo tranquilo y plácido. Para empezar, el loco puede ser llamado tal por diferentes motivos. Los hay maniacos, deschavetados, dementes, paranoicos, esquizofrénicos, frenéticos, alucinantes y alucinados, volados, desconectados, ermitaños, agresivos, furibundos, depresivos y muchos otros tipos. Será necesario que logre identificar el tipo de loco que le ha tocado en suerte albergar. Una vez catalogado, su loco necesitará recibir un trato digno acorde a sus creencias, necesidades y, sobre todo, a su tipo de desplantes. Un loco no debe vivir frustrado. Cualquier sujeto desprovisto de ataduras al mundo que usted percibe debe ser liberado de las demás limitantes que lo mantiene unidos a la vida lamentable que usted y yo hemos tenido la obligación de adoptar. Pongamos por caso un loco frenético. Es evidente que un sujeto con las cualidades propias de su carácter no podría vivir en las mismas habitaciones que uno paranoico, pues ninguno de los dos lograría acoplarse al modus vivendi del otro. Excluya a los que no muestren compatibilidad, por ejemplo, maniaco y depresivos, frenéticos y alucinados, ermitaños y depresivos, etcétera. Una vez adecuado el ambiente, dadas las generalidades que el comportamiento habitual de su invitado revele sobre su conducta (un loco es, por encima de todo impredecible), provea a su compañero de una actividad catártica. La mayoría disfruta escribir, pero no leer; escuchar música, pero no tocar instrumento alguno; boxear, pero no ser golpeado. Aquellos cuya condición se relacione directamente con la soberbia del poder deberán ser relevados de cargos públicos o cualquier puesto que implique tener asistentes o cualquier otra clase de subordinados. Estos locos no pueden ser diputados, senadores, presidentes, policías, directores, prefectos, decanos, sacerdotes, arzobispos, papas. Por otro lado, vivir con más sujetos similares podría resultar el único medio adecuado para ellos, aunque deben mantenerse bajo estricta vigilancia. La diferencia entre locos y criminales es tan ínfima como la que existe entre los vigilantes y los represores. Válgase de su buen juicio para discernir. Esto hará más fácil y cómoda la existencia contigua. Y por último, procure dormir tranquilo por las noches, pensando que aquellas ideas y acciones que observa en su invitado son todas las cosas sobre las que hemos construido una civilización represiva, pertinente, jurídica, temerosa, mojigata, segura, privada, científica, monetaria, religiosa, salvaje, endófaga, progresada, familiar, empresarial, mercadotécnica, consumista, servicial, con el afán de permanecer sobre la tierra. Agradézcale y disfrute el mundo.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Fogata (versión definitiva)


Ahí está Lucía, sentada a unos pocos metros de mí, mirándome de cuando en cuando con la ansiedad más evidente que le he conocido en la vida. No sé qué podríamos hacer en éste momento además de permanecer callados, intercambiando miradas, mientras terminamos de comer y escuchamos cómo cruje el aire alrededor de su cuerpo incendiado. Y, debo decirlo, yo también estoy inquieto como nunca. ¿Cómo debería sentirme ahora?, ¿amado, temeroso, desenfadadamente libre de culpas y obligaciones como un moribundo cualquiera? Apenas puedo creer que…

Tengo mis dudas sobre lo que pasa por su mente ahora que estamos en este lugar, en esta casa deshecha por el fuego. Se que ésta es la habitación en la que ella solía dormir porque no tiene techo, porque parece estar cómoda ahí, acostada sobre el piso, pero no sé distinguir su estado de ánimo si no es por su voz y ambos guardamos silencio, esperando que anochezca.

Cuando nací, Lucía ya estaba cubierta de fuego. Le brotó a los siete años mientras dormía con papá. Quemó la colcha y el par de almohadas con las que quiso apagarla; calentó el agua en que la sumergió; corrió a lo largo y ancho del patio por horas mientras papá se deshacía de los muebles, las cortinas, la alfombra, y cuando se percató de lo que faltaba, de por qué se deshizo de ello, bajó la mirada hacia el suelo donde unas pequeñas manchas ennegrecían los pasos que dejaba, frunciendo el rostro para no llorar. Algo de felicidad le regresó en cuanto descubrió los bombones quemados. Luego papá tuvo que deshacerse de parte del techo para que Lucía pudiera dormir sin que se encerrara el humo y, finalmente, se mudaron a un lugar menos concurrido después de que se quemara la casa por una fuga de gas. Nadie habla ya de la muerte de mamá, menos enfrente de Lucía. Papá prefirió salir de la casa conmigo en brazos ese día (nadie le reprocha nada, aunque a veces me mire con ganas de culparme por todo, por haberse quedado sin casa y sin esposa). Al menos así me lo contó papá una infinidad de veces.

He visto la cara de mi hermana en las pocas fotos de sus primeros cumpleaños que sobrevivieron al incendio, a diferencia de mamá, y cada vez que las observo me da la sensación de estar frente a los retratos de alguien a quien me hubiera gustado conocer algún día. Recuerdo una de esas fotografías en especial: Lucía parece estar tan alegre sentada en las piernas de mamá; y mis primos la ven con asombro, como si no entendieran su tamaño. Papá la tomó, así que puede verse una parte de su dedo invadiendo la imagen, como en la mayoría de sus intentos. Terminé estudiando fotografía para poder corregir a mi papá en algo.

Afortunadamente tengo muchos otros recuerdos con mi hermana, recuerdos que no tienen que ver con su rostro: su olor a canela tostada, la fogata que era mientras hablábamos en la azotea, el agua tibia alrededor de ella cuando nadábamos.

La primera serie de fotografías que conseguí tomar satisfactoriamente fue de ella nadando en el mar: Oleaje en llamas o fogata imposible. Las tomé durante unas vacaciones. Las flamas amarillentas y rojizas que se alzaban por encima del mar nocturno, junto con el humo que despedían, daban la ilusión de un pequeño bosque flotante que brotaba de su cuerpo y se perdía entre sombras y reflejos de la luz lunar. Debo agradecer a esta serie que al concluir mis estudios consiguiera un trabajo fuera del país con gran facilidad.

La noche antes de que me fuera de la casa, Lucía y yo caminamos por más de dos horas dando vueltas por calles sin importancia tomando fotos y conversando lo menos posible. Yo tenía veintidós años; ella veintinueve. Hablamos muy poco y al final insistió en darme un beso en el hombro (la cicatriz que me dejó es pequeña, como sus labios) para no marcar mi mejilla. Nos mantuvimos en silencio casi todo el regreso a casa, salvo por un momento en que me detuvo para decir:

− Me estoy consumiendo –como si esperara que yo hiciera algo para ayudarla, como si estuviera en mis manos.

Y luego seguir su camino a prisa, sin voltear a verme, inmediatamente arrepentida de confesármelo. Nunca había reparado en ello, pero me perdí de la vida de mi hermana viviendo la mía.

Por la mañana salí lo más temprano que pude para evitar una despedida más difícil de manejar que lo sucedido la noche anterior.

Me extravié muchos años y fui feliz viviendo lejos de mi familia, intentando conformar otra con menos cargas. Pero no dejaba de pensar en lo que me dijo Lucía. Le escribí una infinidad de cartas esperando que algo cambiara, que papá me contara por lo menos una vez que Lucía estaba saliendo con alguien o que había ganado un poco de peso desde que me fui, que había ido a nadar a la playa, a caminar por calles cada vez más importantes para ella, que me dijera te escribo ahora que tu hermana no está porque tengo tiempo… tenía mucho de no verla tan feliz. Pero eso nunca pasó, en su lugar, papá me contaba de sus deudas, de Lucía solitaria o trabajando en esto y aquello, de que ya habían tenido suficientes problemas con la gente alrededor de ella, conmigo ausente.

Poco me importó. Volví porque fracasé como fotógrafo y me cansé de intentarlo ya muy tarde, ya que no tenía a donde más ir y había envejecido notablemente. Me tuve suficiente lástima para volver al lugar de donde salí y esperar que me recibieran con los brazos abiertos. Nunca dejé de sentirme como un cobarde por irme en cuanto pude, menos aun ese día que llegué cabizbajo.

Acepto que no todo estaba mal. Papá me enseñó periódicos llenos de artículos sobre mi hermana, videos grabados de los noticieros en los que hablaban de ella y fotos que había tomado de Lucía en estos años… y de su dedo. Ella, mucho más calmada, me recibió bastante alegre, aparentemente no me guardaba ningún rencor:

− No conozco a una persona que se hubiera quedado –me dijo con el afán de reconciliarme conmigo, pero Lucía conoce bien a poca gente.

Así que en cuanto llegué a casa, retomamos algunas de las cosas que hacíamos juntos: caminábamos por la noche a lo largo de calles que yo ya no identificaba (ella parecía un pequeño sol noctámbulo a punto de esfumarse); dormimos un par de noches en la azotea; miramos el mar sentados sobre la arena. Y volví a tomarle fotos. No eran ni la mitad de buenas que la primera serie, sin embargo, la notaba feliz. Me acordé de la foto con mamá y le pregunté:

− ¿Qué harías si te abrazo?

Permanecimos callados mucho tiempo antes de que me dijera cualquier cosa.

− Sabes que sigo sola. Probablemente no te soltaría.

No quiero decir a quién se le ocurrió hacer el amor, pero a los dos nos pareció una buena idea.

La última vez que hablé con papá, me pidió que me sentara con él a ordenar todas las cartas que escribí mientras viví fuera. Como se detenía a leerlas cuidadosamente conforme las guardaba, nos tomó varias horas. No supe cómo despedirme de él.

Parece que Lucía acostumbra venir a esta casa. Las quemaduras en la puerta principal y en las paredes se ven recientes. Además, el aroma que deja es inconfundible y persistente. Ahora lo disfruto bastante y no quisiera que un día dejara de oler así esta casa, aunque tarde o temprano suceda.

En la sala están colgadas algunas fotos de Oleaje en llamas… y la foto de Lucía sentada en las piernas de mamá.

Los brazos de Lucía adelgazaron mucho en este tiempo, incluso ha perdido algunos centímetros de estatura y partes de su cuerpo ahora brillan como brasas fatigadas. Detrás del fuego apenas se perciben la figura de su cuerpo y algunos rasgos del rostro: su nariz delgada, la quijada afilada, la forma del cráneo, los senos todavía firmes y redondos, las piernas enjutas. Continuó agotándose todo este tiempo, pero ya no hablamos de ello, sólo esperamos que oscurezca por completo. Nos gusta el cielo estrellado.

Quiero seguir adelante con esto, a pesar de mi cuerpo flácido, avejentado, quiero continuar aunque me da vergüenza desnudarme para Lucía con este cuerpo cobarde.

No dejo de acariciar la cicatriz en mi hombro para decidirme. Sería más fácil si dejara de mirarme…