domingo, 12 de septiembre de 2010

Fogata (versión definitiva)


Ahí está Lucía, sentada a unos pocos metros de mí, mirándome de cuando en cuando con la ansiedad más evidente que le he conocido en la vida. No sé qué podríamos hacer en éste momento además de permanecer callados, intercambiando miradas, mientras terminamos de comer y escuchamos cómo cruje el aire alrededor de su cuerpo incendiado. Y, debo decirlo, yo también estoy inquieto como nunca. ¿Cómo debería sentirme ahora?, ¿amado, temeroso, desenfadadamente libre de culpas y obligaciones como un moribundo cualquiera? Apenas puedo creer que…

Tengo mis dudas sobre lo que pasa por su mente ahora que estamos en este lugar, en esta casa deshecha por el fuego. Se que ésta es la habitación en la que ella solía dormir porque no tiene techo, porque parece estar cómoda ahí, acostada sobre el piso, pero no sé distinguir su estado de ánimo si no es por su voz y ambos guardamos silencio, esperando que anochezca.

Cuando nací, Lucía ya estaba cubierta de fuego. Le brotó a los siete años mientras dormía con papá. Quemó la colcha y el par de almohadas con las que quiso apagarla; calentó el agua en que la sumergió; corrió a lo largo y ancho del patio por horas mientras papá se deshacía de los muebles, las cortinas, la alfombra, y cuando se percató de lo que faltaba, de por qué se deshizo de ello, bajó la mirada hacia el suelo donde unas pequeñas manchas ennegrecían los pasos que dejaba, frunciendo el rostro para no llorar. Algo de felicidad le regresó en cuanto descubrió los bombones quemados. Luego papá tuvo que deshacerse de parte del techo para que Lucía pudiera dormir sin que se encerrara el humo y, finalmente, se mudaron a un lugar menos concurrido después de que se quemara la casa por una fuga de gas. Nadie habla ya de la muerte de mamá, menos enfrente de Lucía. Papá prefirió salir de la casa conmigo en brazos ese día (nadie le reprocha nada, aunque a veces me mire con ganas de culparme por todo, por haberse quedado sin casa y sin esposa). Al menos así me lo contó papá una infinidad de veces.

He visto la cara de mi hermana en las pocas fotos de sus primeros cumpleaños que sobrevivieron al incendio, a diferencia de mamá, y cada vez que las observo me da la sensación de estar frente a los retratos de alguien a quien me hubiera gustado conocer algún día. Recuerdo una de esas fotografías en especial: Lucía parece estar tan alegre sentada en las piernas de mamá; y mis primos la ven con asombro, como si no entendieran su tamaño. Papá la tomó, así que puede verse una parte de su dedo invadiendo la imagen, como en la mayoría de sus intentos. Terminé estudiando fotografía para poder corregir a mi papá en algo.

Afortunadamente tengo muchos otros recuerdos con mi hermana, recuerdos que no tienen que ver con su rostro: su olor a canela tostada, la fogata que era mientras hablábamos en la azotea, el agua tibia alrededor de ella cuando nadábamos.

La primera serie de fotografías que conseguí tomar satisfactoriamente fue de ella nadando en el mar: Oleaje en llamas o fogata imposible. Las tomé durante unas vacaciones. Las flamas amarillentas y rojizas que se alzaban por encima del mar nocturno, junto con el humo que despedían, daban la ilusión de un pequeño bosque flotante que brotaba de su cuerpo y se perdía entre sombras y reflejos de la luz lunar. Debo agradecer a esta serie que al concluir mis estudios consiguiera un trabajo fuera del país con gran facilidad.

La noche antes de que me fuera de la casa, Lucía y yo caminamos por más de dos horas dando vueltas por calles sin importancia tomando fotos y conversando lo menos posible. Yo tenía veintidós años; ella veintinueve. Hablamos muy poco y al final insistió en darme un beso en el hombro (la cicatriz que me dejó es pequeña, como sus labios) para no marcar mi mejilla. Nos mantuvimos en silencio casi todo el regreso a casa, salvo por un momento en que me detuvo para decir:

− Me estoy consumiendo –como si esperara que yo hiciera algo para ayudarla, como si estuviera en mis manos.

Y luego seguir su camino a prisa, sin voltear a verme, inmediatamente arrepentida de confesármelo. Nunca había reparado en ello, pero me perdí de la vida de mi hermana viviendo la mía.

Por la mañana salí lo más temprano que pude para evitar una despedida más difícil de manejar que lo sucedido la noche anterior.

Me extravié muchos años y fui feliz viviendo lejos de mi familia, intentando conformar otra con menos cargas. Pero no dejaba de pensar en lo que me dijo Lucía. Le escribí una infinidad de cartas esperando que algo cambiara, que papá me contara por lo menos una vez que Lucía estaba saliendo con alguien o que había ganado un poco de peso desde que me fui, que había ido a nadar a la playa, a caminar por calles cada vez más importantes para ella, que me dijera te escribo ahora que tu hermana no está porque tengo tiempo… tenía mucho de no verla tan feliz. Pero eso nunca pasó, en su lugar, papá me contaba de sus deudas, de Lucía solitaria o trabajando en esto y aquello, de que ya habían tenido suficientes problemas con la gente alrededor de ella, conmigo ausente.

Poco me importó. Volví porque fracasé como fotógrafo y me cansé de intentarlo ya muy tarde, ya que no tenía a donde más ir y había envejecido notablemente. Me tuve suficiente lástima para volver al lugar de donde salí y esperar que me recibieran con los brazos abiertos. Nunca dejé de sentirme como un cobarde por irme en cuanto pude, menos aun ese día que llegué cabizbajo.

Acepto que no todo estaba mal. Papá me enseñó periódicos llenos de artículos sobre mi hermana, videos grabados de los noticieros en los que hablaban de ella y fotos que había tomado de Lucía en estos años… y de su dedo. Ella, mucho más calmada, me recibió bastante alegre, aparentemente no me guardaba ningún rencor:

− No conozco a una persona que se hubiera quedado –me dijo con el afán de reconciliarme conmigo, pero Lucía conoce bien a poca gente.

Así que en cuanto llegué a casa, retomamos algunas de las cosas que hacíamos juntos: caminábamos por la noche a lo largo de calles que yo ya no identificaba (ella parecía un pequeño sol noctámbulo a punto de esfumarse); dormimos un par de noches en la azotea; miramos el mar sentados sobre la arena. Y volví a tomarle fotos. No eran ni la mitad de buenas que la primera serie, sin embargo, la notaba feliz. Me acordé de la foto con mamá y le pregunté:

− ¿Qué harías si te abrazo?

Permanecimos callados mucho tiempo antes de que me dijera cualquier cosa.

− Sabes que sigo sola. Probablemente no te soltaría.

No quiero decir a quién se le ocurrió hacer el amor, pero a los dos nos pareció una buena idea.

La última vez que hablé con papá, me pidió que me sentara con él a ordenar todas las cartas que escribí mientras viví fuera. Como se detenía a leerlas cuidadosamente conforme las guardaba, nos tomó varias horas. No supe cómo despedirme de él.

Parece que Lucía acostumbra venir a esta casa. Las quemaduras en la puerta principal y en las paredes se ven recientes. Además, el aroma que deja es inconfundible y persistente. Ahora lo disfruto bastante y no quisiera que un día dejara de oler así esta casa, aunque tarde o temprano suceda.

En la sala están colgadas algunas fotos de Oleaje en llamas… y la foto de Lucía sentada en las piernas de mamá.

Los brazos de Lucía adelgazaron mucho en este tiempo, incluso ha perdido algunos centímetros de estatura y partes de su cuerpo ahora brillan como brasas fatigadas. Detrás del fuego apenas se perciben la figura de su cuerpo y algunos rasgos del rostro: su nariz delgada, la quijada afilada, la forma del cráneo, los senos todavía firmes y redondos, las piernas enjutas. Continuó agotándose todo este tiempo, pero ya no hablamos de ello, sólo esperamos que oscurezca por completo. Nos gusta el cielo estrellado.

Quiero seguir adelante con esto, a pesar de mi cuerpo flácido, avejentado, quiero continuar aunque me da vergüenza desnudarme para Lucía con este cuerpo cobarde.

No dejo de acariciar la cicatriz en mi hombro para decidirme. Sería más fácil si dejara de mirarme…

viernes, 10 de septiembre de 2010

Duda

Supongo que es cierto: todos conocemos al menos a un loco. En ocasiones es mucho más laborioso distinguirlo de entre la multitud de forasteros y sedentarios que extralimita el cauce de las calles. ¿Quién es más loco después de todo? Algunos pocos que se han extraviado, que han perdido la senda que los llevaba por el camino más adecuado hacia su propia vida llena de confort y seguridad; los otros pocos que apenas pueden reconocerse en un espejo o en sus acciones, y por supuesto no logran asignarse un sitio en el mundo. Me pregunto que locura es más noble, si la moral o la clínica.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Así que vienen los black eyed peas...

Ni qué decir... los Black eyed peas vienen a México el 2 de octubre. Quizá sea parte tardía de la celebración de 200 años de sentirse orgullosamente mexicano el hecho de que tenga que olvidar un acto represivo y ojete del mal gobierno para ir a cantar where is the love acompañado de miles de personas dispuestas a hacerse de la vista gorda. Después de todo, sería cosa mucho más tranquila y pacífica asistir a un concierto que poco tenga que ver con cualquier ejercicio crítico o reflexivo acerca de las decisiones que han sido tomadas con tal de mantener cualquier tipo de orden social que sea éste, bajo el cual nos encontramos, que hablar de un tema tan estridente como una matanza (por mucho que estén de moda). Espero, desde lo más profundo de mi corazón, que la gente que vaya a cantar let's get retarded, ha, let's get retarded in here lo consiga, que después de cantar i gotta fellein' that tonight is gonna be a good night estos babosos consigan olvidarse de sus más profundos problemas, amorosos, familiares, laborales y salir con la frente en alto.
Después de demeritar a los babosos esos, me gustaría invitarlos a la tocada de mi banda jajajaja, ese mismo día en el centro cultural La pirámide. Barrigas Band en vivo 7 pm.