martes, 19 de julio de 2011

Autorretrato freudiano (casi) universal

Me miraba en el espejo escépticamente, algo inquieto porque noté que la forma en que me contemplaba de regreso había cambiado mucho con los años y en aquel momento parecía que mi reflejo me subestimaba más de lo que acostumbraba hacerlo a diario. Quise preguntarme por qué, pero me quedé boquiabierto, escuchando la pregunta que me hacía el hombre del reflejo:

—¿Qué me estás viendo?, ¿por qué me miras como si no me conocieras?

Pensé brevemente qué responder, pues me pareció muy pertinente la pregunta y al cabo de unos segundos dije:

—Me parece que se equivoca, es usted quien ve —hablé con un aire intelectualizado muy evidente con el afán de impresionarme, pero me guardé la respuesta real. De nada le hubiera servido saber que, en efecto, no me conocía y mucho menos me reconocía en él.

—Pongamos las cosas en claro. Digamos que tienes razón y soy yo el que dramatiza su vida, el que involuntariamente vive lo que tú haces ¿Qué estás viviendo que me ha obligado a verte de esta manera? Y, sobre todo, ¿qué diría tu padre? ¡Por el amor de Dios!

A los pocos días le conté lo sucedido a un amigo. Enseguida, sin que le revelara detalle alguno, además de la plática que había sostenido, me dio la ubicación exacta de aquel espejo.

—No le hagas caso, es un espejo muy infeliz desde que lo abandonaron. Me sorprende que no haya mencionado nada acerca de tu manera de hablarle a tu reflejo; se ha vuelto terriblemente lacaniano en estos meses.

En cuanto regresé a casa me deshice de aquel espejo. Ya me había dado suficientes problemas.